trastorno de alimentación

¡Yo no tengo trastorno de alimentación!

La evitación y la negación son dos de los mecanismos de defensa presentes en los trastornos de alimentación (atracón, bulimia, vigorexia, anorexia, ortorexia). Para las personas con esta enfermedad, son prácticamente invisibles, y no pueden reconocerlos, porque están en su mayor parte en el inconsciente. Pero la evitación y la negación existen, manifestándose de diversas maneras.

 

Las personas que sufren trastornos alimentarios pueden sentir falta de sentido en sus vidas, hartura de su entorno, se muestran críticas e irritables con los demás. Y es fácil que, de repente, tomen alguna decisión drástica que cambie sus vidas: irse de casa, cambiar de carrera universitaria, romper con el entorno de amigos y “comenzar de cero”. Sienten un gran vacío interior, apatía, ausencia de satisfacción, ansiedad, miedo al fracaso, idealización de situaciones o personas, baja autoestima, dificultad en la relación con los demás.

 

Estas sensaciones y emociones desagradables les lleva, en muchos casos, a poner en juicio su propio entorno y estilo de vida. Se pone en marcha el “pensamiento mágico” de acariciar la idea de empezar todo de cero, en otro sitio, con otras personas, como si eso fuera a solucionar lo que sienten. Pueden enredarse culpando a los demás de lo que les molesta, y, a la vez, sienten mucha inadecuación interna, como si fueran defectuosos y distintos a los demás. La lucha interna está servida, y cuando es interna, el único que pierde es uno mismo.

 

Hay dolor, mucho dolor, y sensación de no ser comprendido. A la vez, hay ocultación porque se hace lo posible, de forma inconsciente, por esconder la vergüenza por lo que ocurre, en una creencia errónea de que significa debilidad o insuficiencia.  Quieren pedir ayuda, a la vez que la rechazan y se aíslan cada vez más. La negación de lo que ocurre  es un intento de seguir con la vida aparente, a la que se empeñan en cambiar para arreglar las cosas.

Las rupturas que llevan a cabo, en la esperanza de encontrar nuevas oportunidades que acaben con lo que sienten, incluyen a las familias, porque los vínculos se han deteriorado en el proceso de una enfermedad no admitida, negada por el sujeto, no vista durante mucho tiempo por la propia familia.

 

La inteligencia, el perfeccionismo, la capacidad suelen ser características de la personalidad de las personas que padecen un trastorno de conducta alimentaria. Por eso puede parecer extraño entender sus conductas, o comprender que tienen un concepto pobre de sí mismas, ahí, donde hay tantas capacidades.

 

Viven en un mundo de distorsión de su propia experiencia, de su propio cuerpo. Y no se ven.   En momentos estresantes, donde sienten que su valía puede ser medida (un examen, un encuentro social, una relación de pareja que les gusta…) suelen huir o evitar, ante el miedo de no estar a la altura, de no ser aceptados, de no pertenecer.

 

La comida es simplemente un síntoma, que se manifiesta en forma de restricción, atracón u otras maneras compensatorias y muy distintas. Esas conductas son solo la punta de un iceberg, un síntoma que esconde debajo un monstruo de malestar y dolor emocional. La distorsión en la percepción de la realidad sobre ellos mismos y el mundo les puede llevar a usar el control obsesivo sobre la comida y sus cuerpos, hasta llegar a la muerte. Nadie merece pasar por esto.

 

Es un infierno para ellos y para sus familias. Pero de ese infierno, se puede salir. Demos una tregua a la negación, y pidamos ayuda a profesionales cualificados.

 

 

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